BALDOSAS

A lo largo de su carrera, Mauricio Cervantes ha desarrollado una obra de estirpe abstracta pero con referencias concretas a ciertos elementos reales. En series anteriores, como Zona Liminal o Papageno y el Mar, solía tener como ingredientes básicos de su iconografía, formas que surgían de empaques de piezas automotrices o mecánicas y también coladeras o tapas de las mismas. Esos elementos, que en ocasiones él pegaba sobre las pinturas, le ayudaban a dar un carácter simbólico a las formas de la cotidianidad. Así, un cuadro de 1996, como Resurrección de los signos primordiales # 3, parecía convertir el mosaico del piso del baño, con sus coladeras y con la súbita aparición de una forma de empaque superpuesta, en un espacio cósmico y ritual dentro del espacio hogareño. El baño se convertía poéticamente en el sitio donde nacía a diario el ritual del agua sin que siquiera hubiese una referencia acuática en la composición, más allá del óxido de las tapas de coladera.

Después, a partir de su exposición titulada XVI por su diálogo con las pinturas conventuales de ese siglo de la Nueva España, Mauricio entrará en un reciclamiento de motivos ornamentales de estos murales pero aislándolos para quitarles el carácter decorativo y transformarlos en signos expresivos, abiertos a interpretaciones múltiples. De aquella serie deriva naturalmente en los cuadros presentes, en su inquietud por los frescos románicos y las ilustraciones de libros medievales. Su tratamiento pictórico les asigna a las formas un carácter que es una flecha de dos sentidos: por una parte, la texturación, los raspados y el manchado parecen darles un tono añejo a las obras, un rasgo de desgaste temporal, por otra parte, este mismo tratamiento los enlaza con el expresionismo abstracto y les confiere contemporaneidad. De pronto algunos de los cuadros parecieran quererse arrancar del abstraccionismo y saltar al campo del paisajismo, en otras obras como El monte arrojado al mar, una forma se hunde en una verdadera sinfonía abstraccionista, la clara estructuración del motivo central, nada en un mar de trazos y colores que se ven recortados por un marco azul y que sin embargo se prolongan a la franja inferior de la tela, en un choque espectacular entre geometría y algarabía de trazos. Sin duda, la anterior es la mejor obra de las que incluye Cervantes, tanto por sus contrapuntos visuales, como por su riqueza plástica y su expresividad visual. Este pintor retoma elementos gráficos que durante generaciones de ilustradores medievales de escrituras judaicas o cristianas significaron cosas específicas, creando un universo codificado y coherente en el que sistemáticamente una aglomeración de líneas concéntricas, como en gajos amontonados, resumieron una montaña o una aglomeración de nube, a las que Cervantes vuelve otra vez un mero grafismo, reabre las formas y así define la historia del arte y la historia del hombre, como una paráfrasis perpetua. Es decir, la paráfrasis como una expresión de honestidad en que se devela el origen y al mismo tiempo se subraya la diferencia.

Fernando Gálvez

Recurrencia de los signos. Réplica 21. 2002

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